Sesión de espiritismo sin médium: Eloísa está debajo de un almendro por El Nuevo Círculo de Tiza
«La palabra misma «amateur» —del latín «amator», amante— significa quien hace algo por amor al arte, más que por razones económicas o necesidad. […] El cineasta amateur debería aprovechar la gran ventaja que todos los profesionales le envidian: la libertad, tanto artística como física». — Maya Deren
El montaje de una obra cuyo autor no puede ser interpelado en vida es una sesión de espiritismo. Y como en toda sesión de espiritismo, lo decisivo no es tanto la voz que se invoca sino la mano que guía el tablero. La compañía El Nuevo Círculo de Tiza se sienta a esa mesa con su versión de Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela, y lo que convoca es, ante todo, un ejercicio de oficio impecable: un trabajo de composición escénica que demuestra un manejo solvente del registro cómico y una capacidad notable para transformar los espacios a través de dispositivos escénicos bien configurados.
Hay que decirlo con claridad: El Nuevo Círculo de Tiza es una gran compañía en términos técnicos. La dirección de escena es espléndida, y se percibe en lo más difícil de conseguir en el teatro cómico: los ritmos de los actores están configurados con una precisión que no ahoga la espontaneidad sino que la sostiene. Es una muestra de prolijidad de un grupo que se nota afiatado, que ha trabajado el texto con rigor y que entiende muy bien su registro realista. Cada actor sabe quién es su personaje, lo habita con comodidad, y esa seguridad se transmite al espectador como una invitación a dejarse llevar por la trama. Los actores juegan, además, con una libertad que resulta infrecuente en los remontajes del teatro del pasado siglo. Hay en ellos un espíritu lúdico, una disposición al riesgo dentro del humor, que conecta con aquello que Maya Deren señalaba como la gran ventaja del amateur: la libertad artística y física de quien hace las cosas por amor al arte. La compañía habita el texto de Poncela con una soltura genuina, acompañando esa escritura que oscila entre el realismo y el absurdo con un tono que no busca la reverencia ni el museo, sino el juego vivo.
Y sin embargo, precisamente porque todo eso está ahí, porque se percibe la competencia en los cuerpos, en la dirección, en la energía del conjunto, se echa en falta que ese dominio se emplee también para interrogar la obra más allá de su ficción. Porque Eloísa está debajo de un almendro no es solo una comedia de enredos: es una obra que habla de la enajenación, de un crimen que se comete en un estado de absurdo y de cómo ese absurdo tiñe a toda una familia, contamina las relaciones, genera un malentendido que se extiende como una enfermedad. Y eso, hay que reconocerlo, se ve bien en el montaje: la mecánica de la trama funciona, el contagio del disparate entre los personajes está logrado. Pero la pregunta que queda flotando es otra: ¿qué significa representar hoy esa enajenación? ¿Qué dice la compañía, no ya sobre la historia que cuenta Poncela, sino sobre el hecho mismo de contarla ahora? ¿Desde qué situación, desde qué posición arman este remontaje?
Porque un diálogo con una obra del siglo XX no se agota en la fidelidad al texto ni en la eficacia del humor: conlleva una propuesta no solo estética, sino también ética y discursiva.
La elección de esta obra es en sí misma interesante, sus temas resuenan, su absurdo no ha envejecido, pero esa elección pide también ser justificada desde algún lugar que exceda la admiración por el material. La ausencia de esa capa crítica deja al montaje en un lugar de competencia técnica admirable, pero lo priva de una dimensión que lo haría verdaderamente singular.
Deren hablaba de libertad. Pero la libertad no es solo la capacidad de moverse sin ataduras: es también la responsabilidad de elegir una postura. El Nuevo Círculo de Tiza tiene las herramientas, tiene el impulso, tiene la complicidad de un elenco afiatado y una dirección que sabe lo que hace. Lo que falta es la pregunta. Y en el teatro, como en las sesiones de espiritismo, sin una buena pregunta los espíritus no dicen nada que sacuda a los vivos, que haga temblar el presente.
A. J. Ponce, Febrero 2026

